26 de julio de 2012

Rodríguez Cal, el medallista asturiano en Munich'72

Mañana se inicia la edición XXX de los Juegos Olímpicos, Londres 2012, con un representante asturiano en la sección de boxeo, Jonathan Alonso.

Hace 40 años, en Munish ’72, otro asturiano, Enrique Rodríguez Cal , lograba la medalla de bronce en unos Juegos marcados por los atentados terroristas contra los periodistas israelíes. También participó en Montreal ’76.

En esta fecha, rescatamos este artículo de LNE en el que Enrique nos cuenta sus vivencias olímpicas y lo que para él significó.

Con 20 años, Rodríguez Cal, ‘Dacal’, ya era el mejor de España en el peso minimosca (menos de 48 kilos). Lo era oficialmente y lo confirmó al derrotar a Sánchez Escudero, que como participante en los Juegos de México-68 tuvo el privilegio de defender su plaza olímpica en el último momento. «Le gané en Santander, por lesión, una herida en una ceja. Desde ese momento siempre fui a la selección». Pese a que ese combate le daba el pasaporte a Múnich, no las tuvo todas consigo hasta que vio su fotografía en la prensa.

«Era el hombre más feliz del mundo», destaca, recordando aquel viaje. «Iba en el avión con gente como Mariano Haro, el deportista al que más admiraba, o jugadores de baloncesto tan famosos como Luyk, Emiliano y Buscató. Yo, con 20 años, me preguntaba dónde iba a su lado. Pues resulta que, al final, todos fueron cayendo y conseguí la única medalla para España».

Fue, además, contra todo pronóstico. «Tuve mala suerte y me tocó el rumano Turei, campeón de Europa, pero le gané a los puntos. Después, al norteamericano Armstrong, más fácil. Y con el cubano Rafael Carbonell hice el mejor combate de mi vida. Al ganarle aseguré la medalla. En las semifinales, con el coreano Gil Kim, todavía no sé lo que pasó. Hubo una confusión con el acta de los jueces y me dieron perdedor por 3-2. Pero había ganado».

Pese a que por ahí se le escapaba la opción de luchar por el oro, Dacal estaba encantado. «Sabía que esa medalla me ponía a vivir. Tenía 20 años, recién casado y sin trabajo. Con las 310.000 pesetas que me dieron pude comprar un piso pagando en mano». Y se convirtió en un personaje: «El entonces Príncipe, que competía en vela, se presentó en la villa olímpica para felicitarme. La gente, al llegar a Madrid, me conocía. Volví en tren y durante el viaje me obligaron a sacar la medalla de la maleta».

En la estación de Oviedo, la mayor sorpresa: «Me recibieron con cohetes y un montón de chavales de la Atlética Avilesina, que es mi segunda familia. No me lo esperaba». Incluso fue invitado por la Federación a realizar el saque de honor de un España-Yugoslavia, en Las Palmas, de clasificación para el Mundial-74, y se quedó una semana de vacaciones en Canarias. 

Todo pudo irse al traste por el atentado terrorista que paralizó los Juegos. Durante tres días, tras el asesinato de los deportistas israelíes, Dacal temió la suspensión de las competiciones. Más allá de sus intereses cree que la decisión de continuar fue la correcta. «Suspenderlos hubiese sido como una victoria de los terroristas», precisa.
Además de ganar una medalla, Dacal pudo disfrutar del espectáculo del atletismo y de su ídolo: «Vi en el estadio la final de 10.000, en la que Mariano Haro fue el primero durante nueve mil metros y pico, pero acabó cuarto».

Hasta Montreal-76, Dacal no tuvo que preocuparse por la plaza olímpica. Fueron cuatro años repletos de triunfos internacionales, aunque tuvo que cumplir el trámite de pelear con el campeón de España, un título al que no podían optar los internacionales para dejar paso a las promesas. Una vez con el billete para Canadá en la mano, el asturiano se dispuso a comerse el mundo: «Iba con mucha confianza en mi mismo. Tenía 24 años y estaba en plenitud. Y en la Federación también decían que Rodríguez Cal era la opción de medalla».

El sorteo también le despejaba el camino. Para empezar, el mongol Batsukh, un rival asequible, al que dominaba cuando llegó lo inesperado: «Había ganado los dos primeros asaltos, pero en el tercero sufrí un corte en la ceja. Pasa a veces, por un golpe involuntario con la cabeza». Descalificado, Dacal vio la cara fea del deporte: «Ahí me morí. Sabía lo que se me venía encima».

A Dacal se le quedó una imagen grabada: «Cuando gané la medalla en Múnich no se cabía en el vestuario. En Montreal estaba completamente solo». Curiosamente, el único que se acercó por allí fue Ladislao Kubala, el seleccionador de fútbol, que le acompañó a que le cosieran la ceja. Fue el inesperado y triste desenlace a unos Juegos que habían empezado de la mejor manera para él.

«Ya sabía que iba a ser el abanderado, pero es difícil de describir lo que supuso», recuerda Dacal. «Se me ponía la piel de gallina al pensar que me estaban viendo por televisión en el mundo entero y en mi barrio, la familia y los amigos». Todavía no lo sabía, pero ahí se acabó su sueño olímpico. Aunque quería llegar a Moscú-80, en 1978 la Federación le comunicó que ya no contaba.

Fue el colofón a un par de años en que todo había cambiado. Ya nadie le mimaba y el dinero de las becas tardaba en llegar. Pasó a profesional (21-7-1), donde cerró una carrera que inició junto a su hermano mayor, Dacal I, ya fallecido: «Nos introdujo Abel Martínez. Yo tenía 12 años y siempre peleaba con gente mayor. Gracias a eso y a lo que me enseñaron mis entrenadores, Emilio Valle y Rafael Blanco, llegué tan alto».



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